Protón HISTORIAS

Mujeres en la ciencia: homenaje a una médica de verdad

Eugenia Sacerdote de Lustig fue la responsable de introducir en Argentina la vacuna contra la poliomielitis, que salvó miles de vidas. Su biografía es una síntesis de las idas y vueltas de la ciencia en nuestro país.

Mujeres en la ciencia: homenaje a una médica de verdad

Mujeres en la ciencia: homenaje a una médica de verdad

Avatar del

Por: Valeria Edelsztein* y Nadia Chiaramoni**

Un día, a mediados de 1930, ingresó un ciclista herido en el hospital donde trabajaba. La miró y le dijo: “¿Puede llamar a un médico de verdad?”.

Ella era Eugenia Sacerdote de Lustig, médica, investigadora y responsable de introducir la vacuna contra la poliomielitis en Argentina, el país que adoptó como propio. Su historia es una historia de exilio, pasión y ciencia. Una historia de una científica a la que no conocemos demasiado, pero deberíamos.

Los primeros pasos

Eugenia nació en 1910 en Italia y, apenas terminado el liceo, ya estaba muy segura de cuál quería que fuera su profesión. El problema era que, a mediados de 1920, las mujeres no estudiaban medicina en Italia. Es más, ni siquiera podían aspirar a ingresar a la universidad: su formación en el liceo femenino no las preparaba en matemática, química o biología sino en idiomas, historia y literatura. También  en la confección de ajuares para futuros bebés.  

Pero Eugenia no se daría por vencida sin dar pelea. Junto a su prima, Rita Levi-Montalcini (futuro premio Nobel de Medicina en 1986), estaban convencidas de que serían médicas, así que se prepararon con profesores doce horas por día durante un año para poder alcanzar el título del liceo clásico. Lugo de rendir con éxito el examen, ambas ingresaron a la Facultad de Medicina de la Universidad de Turín. Eran apenas 7 mujeres entre 300 ingresantes.

Durante la carrera no recibieron los mejores tratos. Los estudiantes les ponían pedazos de cadáveres escondidos en los bolsillos del guardapolvo o se ubicaban en dos filas en la puerta de la facultad formando un pasillo que ellas debían atravesar mientras las empujaban, les robaban sombreros y abrigos, las golpeaban.

Pero perseveraron y se recibieron con las mejores notas a la par que trabajaban con el prestigioso investigador Giuseppe Levi. Tiempo después, las primas siguieron caminos separados. Rita se doctoró en neurocirugía y Eugenia se mudó a Roma con su flamante marido, Maurizio Lustig, y empezó a ejercer su profesión en el hospital de la ciudad.

La "madre" del cultivo celular en Argentina

Un día de junio de 1938, Eugenia abrió el diario y se encontró con una noticia terrible: Mussolini había dictado las leyes raciales fascistas y los judíos ya no eran más considerados ciudadanos italianos. Tampoco podían trabajar en instituciones públicas y las empresas debían despedir a sus empleados judíos.

Las leyes raciales de Mussolini obligaron a Sacerdote de Lustig a exiliarse.

Justo en esa época, Pirelli, la empresa para la que trabajaba Maurizio, estaba a punto de abrir una planta de fundición de cobre en Argentina y, para no despedirlo, le ofrecieron el traslado. Unos meses después, junto con Eugenia y su pequeña hija Livia, se subieron a un barco y zarparon.

Luego del nacimiento de su segundo hijo, Eugenia quiso volver a trabajar, así que lo primero que hizo fue tratar de que le reconocieran su título de médica. No lo hicieron. Ni siquiera le reconocieron el título de escuela primaria.

Terminó tocando la puerta en un edificio desvencijado en Pasteur y Cangallo. Ahí funcionaba la cátedra de Histología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Su carta de presentación fue explicar que había trabajado seis años con Giuseppe Levi en Italia y que sabía hacer cultivos celulares in vitro, una técnica que nadie más realizaba en todo el país. Durante su estadía como asistente en la cátedra de Histología, Eugenia se dedicó a investigar sin un sueldo fijo. Existía un fondo de reposición para el material de vidrio dañado, y si en el año no se habían roto demasiadas cosas, ella podía cobrar lo que sobrara.

Ella fue quien introdujo la técnica de cultivo celular en el país. Prácticamente todas las personas que hoy realizan cultivos celulares en Argentina son sus "descendientes".

Vaivenes

El 14 de octubre de 1943, cuatro meses después del golpe militar conocido como la "Revolución del 43", un grupo de 150 personalidades políticas y culturales, encabezadas por Bernardo Houssay, firmaron una Declaración sobre democracia efectiva y solidaridad latinoamericana. Todos fueron cesanteados y Eugenia quedó sola en la Universidad. Si apoyaba a Houssay corría el riesgo de ser deportada. Siguió investigando como pudo hasta que el Dr. Brachetto Brian la invitó a formar parte del Instituto de Medicina Experimental, hoy ‘Instituto Angel Roffo’. Allí Eugenia montó la sección de Cultivo de Tejidos.

En 1950, Eugenia aceptó el ofrecimiento del Dr. Parodi y comenzó a trabajar por las tardes en el Instituto Malbrán. Por las mañanas, seguía yendo al Roffo. Afortunadamente para ella, su cuñada Adriana se encargaba del funcionamiento de la casa y del cuidado de los niños que, a esa altura, ya eran tres: Livia, Leonardo y Mauro.

La poliomielitis y la utilidad de las vacunas

Un día, mientras Eugenia estaba de vacaciones en Pinamar, recibió un telegrama urgente del Ministerio de Salud Pública: había estallado una epidemia de poliomielitis en todo el país y, especialmente, en la provincia de Buenos Aires.

La epidemia avanzaba a un paso alarmante. Eugenia era la encargada de hacer los diagnósticos y, como estaba en permanente contacto con el virus, su mayor temor era que se infectaran ella y el personal, y llevarles la infección a sus familias. Por eso, a la noche, antes de irse a sus casas, con su asistente juntaban todo el material que habían usado, lo ponían en el jardín del Instituto y lo prendían fuego. Después se cambiaban de pies a cabeza.

Hacia 1954 comenzaron a llegar noticias de una promisoria vacuna contra la poliomielitis. Con una beca de la Organización Mundial de la Salud, Eugenia viajó junto con investigadores de distintas partes del mundo a Estados Unidos y Canadá para estudiar sus efectos en animales junto con el virólogo Jonas Salk. Los resultados la convencieron de la efectividad de la vacuna y de la importancia de vacunar a la población.

La vacuna de la polio salvó miles de vidas.

A su regreso, para demostrar que la vacuna no era riesgosa, primero se inoculó ella y luego a sus hijos. Cuando esta información llegó a los diarios, la gente empezó a acercarse al Instituto Malbrán.

Gracias a la aplicación de la vacuna Salk, primero, y de la Sabin, después, la epidemia de poliomielitis de 1956 fue la última que sufrió Argentina.

Sin dudas, la decisión de Eugenia de impulsar la vacuna salvó la vida de miles de personas.

El regreso de los investigadores

Cuando Arturo Frondizi asumió como presidente de Argentina en 1958, su hermano, Risieri, fue nombrado Rector de la UBA y decidió abrir nuevos concursos docentes y llamar a todos los profesores que habían sido echados. Así, Eugenia se convirtió en profesora universitaria (y le validaron por fin el título). Ese mismo año, Houssay regresó triunfante a la Facultad de Medicina y promovió la creación del Consejo Nacional de Investigaciones en Ciencia y Técnica (CONICET). Eugenia se convirtió en Investigadora en 1960. Lo seguiría siendo por 40 años más. Hoy, su hija Livia también lo es.

Años más tarde, a raíz de la Noche de los Bastones Largos, Eugenia renunció a su cargo de profesora junto con más de 1500 docentes de la Universidad.

En 1970, murió Maurizio, su compañero de toda la vida. Pese a la tristeza, su pasión por la investigación seguía intacta. Cuando se enteró de la apertura de un nuevo concurso para el Departamento de Investigación Oncológica del Instituto Roffo, Eugenia no lo dudó: se presentó, ganó e incorporó a muchos de quienes habían sido sus estudiantes en la Facultad de Ciencias Exactas.

Finale

Eugenia siguió trabajando en el laboratorio hasta pasados sus 80 años, cuando comenzó a perder la vista y, finalmente, tuvo que dejar la investigación.

En una entrevista que le hicieron, a sus 98 años, le preguntaron qué le gustaría hacer en ese momento. Y ella respondió: "Si tuviera la vista, trabajaría".

Murió el 27 de noviembre de 2011, a los 101 años de edad, dejándonos un legado de un siglo de ciencia que deberíamos recordar, honrar y perpetuar.

Las autoras de la nota tienen un hermoso podcast, que pueden escuchar acá

*Investigadora del CONICET, docente y divulgadora de ciencias naturales. Es autora de nueve libros, entre los que se destacan Marie Curie. El coraje de una científica (2019, Vegueta Ediciones) y Científicas. Cocinan, limpian y ganan el premio Nobel (y nadie se entera) (2012, Siglo XXI). En Twitter es @ValeArvejita.

**Investigadora de CONICET, docente y fundadora del grupo de stand-up científico "Poper". En Twitter es @nschiara y en Instagram, @nadiachiaramoni.

En esta nota:
  • Ciencia

Comentarios